sábado, 18 de octubre de 2014

Flores Carmesí


Hacía ya mucho que no me dejaba caer por aquí, pero llevaba mucho tiempo queriendo escribir sobre el tema y al final me he atrevido, espero haber dejado un relato digno. Espero que os guste:

-Sigo diciendo que era mejor ir en avión –rezungó José.
            -Para mí es un agobio. Recoge la maleta… consigue un taxi... quita quita –respondió Luis Manuel desde el puesto del piloto-. Además, quería hacerle el rodaje al coche.
            -El olor a coche nuevo me da náuseas –objetó José bajando la ventanilla. Luis puso los ojos en blanco.
            Cabalgaban un BMW 2800 por la N III dirección a Madrid. Habían salido hacía apenas dos horas de Valencia. En el asiento trasero dormitaban Miguel y Fernando, los cuales formaban el conocido Dúo Humo. Miguel se despertaba cada poco, cuando algún bache hacía que su cabeza se golpeara levemente con el cristal, pero eso a Fernando bien poco le importaba, y roncaba apaciblemente.
            -¿Te apetece parar a desayunar? La luz del sol a esta hora es horrible –pidió Luis bajando el parasol del conductor. Y así espabilamos a estos dos.
            Luis Manuel subió repentinamente el volumen de la radio, y los visitantes del reino de Morfeo volvieron en sí.
            -¿Ya hemos llegado? –preguntó Miguel algo atontado, rascándose la coronilla, Fernando mientras tanto se restregaba los ojos.
            -Decía Luis que si parábamos a tomar un café, para evitar la luz del amanecer de frente… y ya de paso os despejáis un poco, aunque muy nerviosos no se os ve.
            -Tenemos el mejor padrino que se podría desear –alabó Fernando- ¿por qué íbamos a estarlo?
            -Jaja, menudos pelotas sois –rió Luis Manuel.
            Poco a poco el BMW fue aminorando la marcha mientras se adecuaban a la velocidad necesaria para entrar en el pueblo de Motilla del Palancar. Entraron en el primer bar que pillaron abierto. Apenas había gente, tan sólo algún agricultor que venía o volvía de cuidar sus tierras. Las botas testificaban si iban o venían.
            -Un café solo, largo –anunció Luis Manuel.
            -Un corto para mí –añadió José.
            -Dos con leche para nosotros, a poder ser que no esté muy caliente la leche –apostilló Miguel.
            El camarero no dijo nada, tan sólo soltó el trapo con el que estaba secando unas tazas y se puso a trabajar con la cafetera. No quitaba ojo a Luis Manuel.
            Los cuatro tomaron asiento en una mesa metálica.
            -Creo que te ha reconocido –susurró José.
            -No pasa nada, no estamos en la ciudad –apuntó Nino. Podremos tomar el café tranquilos.
            Luis echó mano del ABC del domingo mientras el resto seguía discutiendo el tema del avión. La portada estaba ocupada por una mujer en pleno llanto. La noticia que copaba esa desastrosa fotografía era el hundimiento del Metro de Madrid a la altura de Pio XII. Había visto algo en la televisión el día anterior, pero no había querido oír mucho del tema, no era él hombre de desgracias.
            Cuando estaba acabando de ojear el periódico el camarero les trajo los cafés. Después de dejarlos en la mesa se quedó cerca, había algo que le reconcomía por dentro.
            -¿Quería algo? –preguntó Luis Manuel.
            -Eh... sí, eh, ¿es usted Nino Bravo? –preguntó muy nervioso.
            -Jaja… sí, soy yo –respondió contento- ¿Qué quería? –el camarero esbozó una gran sonrisa.
            -¿Podría firmarme una servilleta? Sí se entera mi hija que ha estado usted aquí y que no le he pedido un autógrafo, me crucifica.
            -Claro, claro, faltaría más –Nino se tanteó el bolsillo en busca de un boli, pero antes de que pudiera echarle mano, el camarero ya le había dado uno, además de la servilleta.
            -¿A dónde se dirigen? –inquirió con tiento el camarero.
            -Vamos a grabar un sencillo con estos dos músicos a Madrid –señaló a la pareja de músicos, que hicieron un leve gesto con la cabeza- venimos de Valencia.
            -Ya me supongo… es decir, qué bien –comentó nervioso.
            -¿Hay gasolinera cerca? Tendría que haber repostado ayer, pero haciendo el equipaje y demás, se me pasó.
            -Sí, claro. A la salida del pueblo tiene una.
            -Vale, gracias por su ayuda, tome –le entrega el autógrafo-. Ya de paso, cóbreme.
            -No, no, Nino, pagamos nosotros –intervino Fernando.
            -Bueno sí, menudo padrino sería, si no. Tome, cóbrese y quédese la vuelta –dijo Nino entregándole al camarero una peseta.
            -Muchas gracias,
            Nino cogió su café y volvió a sumergirse en la lectura del periódico, el camarero también regresó con su trofeo a la barra, tan contento como si estuviera a punto de terminar la larga jornada.
            Tras terminar el café, se montaron de nuevo en el BMW. Tal cual había dicho el camarero, la gasolinera les esperaba a las afueras del pueblo.
            La radio comenzaba a ampliar información sobre el asunto del metro, por lo que Nino decidió apagarla. Justo antes de llegar a la gasolinera José sacó una cinta de Nino y la colocó. Comenzó a sonar “Señora, Señora”.
            -Sabes que no me gusta oírme cantar en el coche, José –regañó con una sonrisa Nino mientras se quitaba el cinto.
            -Ni a mí el olor a coche nuevo. Anda, ya salgo yo a repostar, no sea que vengan a entrevistarte.
            -Qué gañán eres.
            Mientras José daba de beber al coche, Nino sonrió. Estaba disfrutando de la vida como nunca habría imaginado, y ya podía dar la oportunidad a otros músicos de formar parte de su mundo. Humo tenía aún muchas cosas que pulir, pero según su criterio, tenían mucho que ofrecer.
            En su cabeza ya rebotaban letras para sus próximas canciones, temas que harían vibrar a todos los españoles una vez más. En esas ensoñaciones estaba cuando José se volvió a montar en el coche.
            -Arranca ya
            El coche impoluto abandonó la estación de repostaje.
            -Me han comentado que éste tramo es complicado, ve con cuidado.
            -Vale, no te preocupes. Dormid ahora si queréis, estoy sereno.
            -Quita quita, que ya me ha empezado el hormigueo en la barriga –rió Fernando.
            El paisaje manchego discurría por su lado mientras “Señora, Señora”, daba sus últimos compases. Después, el silencio.
            -¿Le doy la vuelta o cambio? –preguntó Miguel.
            -Deja, ya la cambio yo –respondió Nino.
            Eran poco más de las diez cuando Nino giró la cinta de música.
            José estaba cabeceando en ese momento y no se dio cuenta de la curva que se avecinaba.
            El dúo de músicos también se dio cuenta tarde, y cuando Nino se irguió de nuevo, el coche se salió de la carretera mientras empezaba a sonar Libre.
            El BMW dio varias vueltas de campana, fatídicas para Nino Bravo, que no se había vuelto a poner el cinturón de seguridad.
           
“Y tendido en el suelo se quedó, sonriendo y sin hablar
Sobre su pecho flores carmesí, brotaban sin cesar”

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Corazón de Metal




Este es un relato Steampunk ambientado en el Western que servirá para participar en el concurso de relatos de Ediciones Nevsky, espero que os guste:



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"Mientras el corazón lata, mientras la carne palpite, no me explico que un ser dotado de voluntad se deje dominar por la desesperación."
-Viaje al Centro de la Tierra, Julio Verne-

El sol apenas rayaba el alba en el pueblo de Keystone, Dakota del Sur, pero para el Marshall Wild Bill Hitckok hacía ya tiempo que había amanecido, muestra de ello era que su pequeño candil a vapor casi se había consumido, tenía que pedir más carbón. En la escueta mesa de su despacho en comisaría había apilados decenas de papeles, e incluso algunas estaban tachonadas en las paredes, en la mayoría de ellos se repetía el mismo nombre “Guthrie McCabe”.

Wild dejó un folio lleno de cuentas encima de la mesa y se levantó, frotándose el lomo, había sido una noche larga. Cogió su gabardina, su sombrero y se colocó su cinto, en el cual encajó sus dos revólveres Colt 36 Navy Model. Las pistolas brillaban con luz propia: los cuerpos eran plateados, con empuñaduras de marfil, las cuales le había regalado el senador Henry Wilson.
Abandonó la comisaria cuando llegaba el alguacil. Wild se plantó en el porche a aspirar el aire matutino. El Marshall era más bien alto, con buena constitución, tenía el pelo largo, y el bigote le colgaba más allá de la barbilla; su mirada podía intimidar en pocos segundos.
Se oyó relinchar a un caballo, y Wild giró la cabeza. A la derecha estaba su caballo Black Neal, más negro que la propia noche y una sombra durante el día. Como peculiaridad, tenía unas patas traseras metálicas, que recibían la energía mecánica necesaria del propio ejercicio motor del caballo. Estas patas le tuvieron que ser injertadas tras un fatídico encuentro de Wild con unos forajidos, de no ser por la amistad del Marshall con un ingeniero inglés, Black Neal hubiera muerto.
Tras dar unas cachetadas amistosas en la cabeza del caballo, se montó para dar una pequeña ronda por el pueblo.
Al pequeño trajín de las herraduras se añadía por tanto el de los engranajes de las patas del caballo. A su alrededor también iban apareciendo sonidos tales como el de los primeros usuarios de la taberna, las mujeres limpiando la entrada de sus casas… todos saludaban al Marshall, que aunque era casi un recién llegado, ya era querido por todo el pueblo.
Cuando llegó al final del entramado de casas, alzó su mirada. Más allá del horizonte se lograba ver la larga columna de humo que salía de las Black Hills, dónde se estaba realizando una de las mayores extracciones de carbón y oro de todo el país, gracias a ello el pueblo de Deadwood había crecido exponencialmente en los últimos años. El Sheriff del pueblo era el antes citado Guthrie McCabe, la imagen del Sheriff le vino a la mente, apretó fuertemente las riendas de su montura, tanto que al final se hizo daño. 
De repente, alguien lo llamó, Wild volvió en sí. Por detrás de él se acercaba corriendo Little Wilson, el cartero, casi perdía el aliento. Llegó hasta los pies de su caballo casi sin resuello.
-¿Qué ocurre Wilson? 
El cartero, de apenas 20 años, se sacó de su bandolera una pequeña carta, sellada con cera roja.
-Esta carta viene desde Denton, creo que es la que lleva esperando más de una semana.
Wild abrió enormemente los ojos, y de un rápido gesto le arrebató la misiva al cartero.
-Gracias Little Wilson, recuérdame esta noche que te invite a una cerveza –Wild se dio un toque en el sombrero y espoleó a Black Neal, que salió rápidamente al galope.
-¡De nada Marshall! –gritó Wilson mientras Hickcok se perdía en una nube de polvo.
Cuando Wild entró en su despacho, la luz ya inundaba la habitación. Se sentó y observó el sello de la carta, sin duda era del Sheriff de Denton, William F. Egan, un viejo amigo. Tras ver que era la carta que llevaba esperando varios días, la abrió con sumo cuidado, ya que debido al largo viaje, estaba algo maltrecha. La carta era escueta pero certera:

   23 de Julio de 1876


   Querido Wild:


Ateniéndome al retrato que me has hecho llegar, puedo confirmarte que el que se hace llamar Sheriff Guthrie McCabe en Deadwood es en realidad el forajido Sam Bass, por tanto, tus suposiciones son correctas. Espero por tanto que logres apresarlo, vivo o muerto. Como bien sabes, la suma que dan por Sam y los suyos es cuantiosa.

El tiempo que trabajó para mí demostró una gran habilidad para la sugestión, además de una gran puntería, supongo que estas cosas favorecieron la rápida formación de su banda en Denton. No lo subestimes.

   Suerte amigo.
   William F. Egan

 

   Wild sonrió, abrió un cajón, sacó una pitillera y encendió una cerilla contra la suela de su bota derecha. El humo inundó sus pulmones. Tras la primera calada, soltó una sonora carcajada.
-Ya te tengo, cabrón –sentenció maliciosamente.
Después, con gesto avinagrado, abrió otro de los cajones y sacó 
una cuartilla de papel, cogió tinta y papel y escribió una breve misiva:

   1 de Agosto de 1876  

   Querida Agnes

Mañana puede que tenga lugar mi último duelo como Marshall y, por tanto, de mi vida. Si nunca nos viésemos de nuevo, cuando dispare mi última bala, exhalaré dulcemente el nombre de mi esposa y, con los mejores deseos hasta para mis enemigos, me sumergiré y trataré de llegar nadando hasta la otra orilla.


Aquella noche el Saloon Nuttal & Mann's estaba lleno, el Marhsall invitaba. La taberna estaba muy iluminada, y hacía parecer que era de día. Lo que más llamaba la atención era el gran mecanismo que rodeaba toda la taberna, que permitía fermentar en pocos minutos la cerveza que allí se servía, además, el grifo siempre estaba rodeado de hielo para que saliera a la temperatura indicada. Aquella genialidad había sido creada por el propio tabernero, Buck, que de no ser tan vago habría llegado muy lejos. Aparte de cerveza, Buck servía vino, zarzamora y un buen Whisky, pero tenía la manía de mezclarlo con algo de pólvora y pimienta roja… no era mala mezcla, pero pasaba factura al ir al baño.

Wild se encontraba en una mesa al fondo, jugando, como siempre, al póker, lo acompañaban otros tres, estaban todo lo alejado posible del bullicio y de los arrumacos de las prostitutas, que querían hacer esa noche su particular agosto. No quedaban muchas, pues sabían que la fortuna que le proporcionaba su entrepierna era más abultada en Deadwood.
Debido al ajetreo general, nadie se dio cuenta de los dos carromatos que habían aparcado en las inmediaciones de la taberna. 
De repente, una mujer morena irrumpió con fuerza en el Saloon, enmudeciéndolo. Llevaba chistera y un traje de piel similar al de Wild, no era lo que se dice una belleza, pero llamaba la atención, sobre todo por su brazo derecho, que llevaba al descubierto y era totalmente metálico, lleno de pequeñas válvulas y relojes de presión, que soltaban pequeñas bocanadas de vapor. Tras ella aparecieron siete mujeres, prostitutas por sus ropajes, pero princesas por sus rostros, no se había visto nunca nada igual por Keystone. Entre susurros, se comenzó a oír el nombre de Calamity Jane, la prostituta aventurera.
-¿Es aquí donde se sirve la mejor cerveza del estado? –preguntó la mujer.
-Así es –respondió Buck.
-Pues vete pidiendo más cebada, tabernero, Calamity Jane y sus chicas vamos a agotar esta noche todas las reservas.
La taberna estalló en carcajadas y el bullicio volvió a subir como la espuma. Las mujeres pronto encontraron acompañante, menos Calamity, que intimidaba con su brazo. Pero ella no quería compañía aquella noche, ella quería jugar, y se fue directamente a la mesa de Wild.
-¿Se puede? –preguntó con un toque en su chistera.
-Por favor –respondió Wild, atrayendo con su pierna una silla.
Justo cuando Jane se sentó, al fondo del Saloon, el telón de un pequeño teatro se corrió, y tras él se encendieron varios candiles de gran tamaño, que iluminaron a una pequeña orquesta que comenzó a tocar canciones alegres. Lo que más impresionaba de aquella banda es que todos los músicos eran de hojalata, y estaban accionados por pequeños mecanismos, que estaban unidos a un gran motor bajo el suelo, las canciones que tocaban estos autómatas estaban cargadas en un tambor que preparaba Buck, y que sólo lo usaba en las grandes noches, cuando sabía que podía ganar dinero suficiente como para que el derroche de carbón de aquel dispositivo fuera una minucia.
-Cómo os las gastáis en Keystone –elogió Jane mientras contemplaba el espectáculo estupefacta.
-Eso no es nada señorita –añadió Wild con media sonrisa.
Mientras Calamity seguía observando el espectáculo, Wild se fijó un poco más en la recién llegada, sobre todo en sus dos revólveres, que a decir por las empuñaduras gastadas, habían sido desenfundados muchas veces.
-Son dos Uberti Cattleman, señor Marshall, y sí, han despachado    a decenas de hombres –expuso la mujer, todavía de espaldas a Wild.
-¡Vaya con la forastera! es usted de armas tomar ¿eh?
   Calamity Jane se giró.
-Cuando se lleva un negocio como el mío hay que tener ojos hasta en los pies, ja, ja, pero dejémonos de minucias y empecemos a jugar, ¿quién reparte?
Las horas pasaban, pero el Saloon en vez de vaciarse cada vez se llenaba más, y el tamborileo de la gran lámpara en el techo testificaba que las mujeres de Calamity habían caído bien entre los habitantes dl pueblo.
-Subo veinte dólares más –dijo animado Wild, su frente ya casi parecía un espejo, estaba bañada en sudor. La mesa de póker estaba rodeada de curiosos, que veían como el dinero encima de la mesa iba creciendo cada vez más. Ya sólo quedaban la forastera y él.
-Estoy sin blanca –confesó con fastidio Jane.
-Lo sé –rió Wild, el resto le acompañó.
Calamity pensó un rato antes de hablar.
-Apuesto todo lo que queda, y subo la apuesta ofreciéndote una noche con Pearl.
-Tengo mujer, madame.
-Nunca has visto mujer igual.
Una mano amiga tocó el hombro izquierdo de Wild, era el alguacil Joseph.
-Marshall, tenga en cuenta que ésta puede ser su última noche.
  -Cierto Joseph… -sopesó Wild mientras se atusaba el bigote-.  No es por ti, Jane, es que no me interesan las prostitutas.
  -Pearl no es una vulgar prostituta, no se acuesta con cualquiera, ni aunque le paguen miles de dólares, ella siempre tiene la última palabra sobre el cliente.
  Tras decir estas palabras, Calamity, cuando la orquesta metálica comenzaba a entonar la canción “Garry owen” se puso de pie sobre su silla y comenzó a gritar el nombre de Pearl. Al otro extremo, una chica se levantó de su silla, y un pequeño pasillo se abrió hacia la mesa dónde estaba la timba de póker; todos los ojos estaban puestos en ella. La chica, de apenas veinte años, lucía un bello vestido color marfil, su cuello estaba adornado por no menos de cinco collares de perlas, que iban a juego con sus ojos azules, que hechizaban a todo aquel con quien cruzaba mirada, si es que no lo habían hecho ya sus abultados senos. Caminaba con paso firme pero con la fragilidad de la dama más sofisticada, su larga melena castaña se iba ondulando y bailaba gracias al movimiento de su abanico. Llegó hasta su altura y sonrió a Wild.
  -Acepto tajantemente –afirmó Wild.
El Saloon volvió a estallar en carcajadas y ahora toda la atención estaba en las cartas de la forastera y del Marshall. 
  -Póker de Ases, señor Marshall.
Los susurros comenzaron a oírse en la taberna, incluido algún aplauso.
  -Vaya, forastera… una buena mano, pero espero que la señorita Pearl lista porque el Marshall de Dakota del Sur tiene ¡escalera de Picas!
  La taberna estalló de júbilo y Calamity, cabreada, le dio un fuerte golpe a la mesa con su brazo metálico, que hizo que se partiera a la mitad.
  -Buck –gritó Wild- trae a Jane tu jarra más grande de cerveza, ya sabéis que yo nunca soy cruel con el perdedor.
  -Puedes estar con ella hasta las ocho de la mañana, ni un minuto más, o te las verás con mi puño de acero –advirtió Calamity Jane mientras reajustaba su brazo, que había empezado a soltar vapor descontroladamente.
  Pearl comenzó a subir las escaleras del Saloon, que iban a dar a las diversas habitaciones dónde los vaqueros podían desfogarse. Hickok la siguió rápidamente, fijándose en cómo sus glúteos se bamboleaban hipnóticamente mientras la muchacha subía. Entraron en la única habitación libre de las ocho que había.
  Pearl se apoyó en la cama y le aconsejó a Wild que le quitara los broches del vestido que tenía en la espalda, a lo cual obedeció inmediatamente. El Marshall fue descubriendo poco a poco la espalda de Pearl, con un suave tono moreno, a la vez que una serie de pequeños lunares le iban indicando el camino al lugar prohibido. Aquellas pequeñas motas negras le recordaron a su mujer Agnes, pero recordando las palabras del alguacil siguió adelante, pensando que eso no estaba mal o, al menos, no tan mal.
Con asombro, Wild observó que bajo el bonito vestido, no había nada más. 
  Cuando quitó todos los broches y se deshizo del vestido, Wild pudo contemplar toda la retaguardia de la mujer, comparable a la de cualquier Venus griega. Tras esto, ella le cogió las manos y se las colocó en sus senos; Wild comenzó a besarle el cuello. Después, la chica gateó por la cama y se giró, esperándole. Hickok nunca se había desnudado tan rápidamente. Empezó el rodeo.
  Todo iba bien hasta que los gemidos de placer de Pearl se transformaron en gritos de dolor, la muchacha comenzó a llevarse las manos al pecho. Wild se asustó y enseguida salió al pasillo a pedir ayuda. 
  Con un gran estrépito, tras de él, partiendo el suelo con su brazo metálico, apareció Calamity, que aterrizó al lado de la cama.
  -¿Qué ocurre? –preguntó asustada la madame.
  -Es… es el corazón, otra vez –respondió la chica, sudorosa.
  -¿Te has tomado hoy la mediación? –Pearl asintió levemente.
  Wild, a medio vestir, asomó la cabeza por el boquete abierto en el suelo y pidió a gritos a un médico. Rápidamente, un hombre del pueblo se levantó y corrió hacia el piso superior, llegó a la habitación en menos de un minuto. Pidió a Calamity y a Hickok que abandonaran la sala mientras él procedía a inspeccionarla; la pareja obedeció y esperó en el distribuidor.
  -Te juro que no le he hecho nada malo –se disculpó el Marshall.
  -Lo sé, lo sé, Pearl lleva enferma del corazón desde hace meses, y digamos que su trabajo no le ayuda a mejorar, pero es la mejor, y lo sabe, su entrepierna gana más dinero que cien mineros de las Black Hills.
  -Ya me supongo, pero quizá debería dedicarse a otra cosa.
  -Pearl es una don nadie, por no saber no sabe ni leer, sólo sabe vivir de su cuerpo.
  -Es joven aún, puede aprender.
  La puerta de la habitación se abrió, y el médico salió despacio, cerrando la puerta tras de si; el bullicio inferior había vuelto a su ritmo normal. Wild observó más detenidamente al médico, era uno de los hombres contra los que había jugado al póker aquella noche.
  -Ya está estabilizada, pero lo que tiene Pearl es muy serio.
  -Vaya al grano, señor… -inquirió Jane.
  -Garret, Tom Garret, para servirles –el médico hizo un saludo con su cabeza-. El caso es que Pearl, a simple vista, sufre daños irreversibles en el corazón. Si llevara un ritmo normal de vida, con medicarse y tener cuidado no habría problema, pero en su trabajo la palabra normal no encaja.
  -Entonces, señor Garret, ¿cuál es la solución que propone? –preguntó Calamity.
  -La única solución sería un trasplante de corazón. Hoy en día no se puede hacer ninguno con el de otro ser humano, pero sí con uno metálico, se llevan haciendo con normalidad desde hace más de diez años, van conectados a unas válvulas que equivalen al movimiento de sístole y diástole y se pueden regular desde una pequeña placa externa que se coloca en la espalda.
  -¿Y cuánto cuesta eso?
  -Pues… unos dos millones de dólares.
  A Calamity y a Wild se le calló el alma a los pies, aquella cantidad era desorbitada, sólo un magnate podría…
  -¡Espera! –exclamó Wild- El Sheriff de Deadwood sobrevive gracias a uno, y por lo que me consta, no lo va a usar mucho más tiempo.
-Bueno, estos temas ya no me incumben, ya no soy necesario aquí –se excusó el médico.
-Está bien, gracias por todo, señor Garret –agradeció Calamity.
Esperaron a que el hombre abandonara el pasillo para continuar hablando, en la penumbra, de hecho se lograban distinguir los rostros gracias a la ventana que estaba detrás de ellos, la cual iluminaba todo el distribuidor.
-Puedes proseguir con tu plan, Wild.
-Bien, resulta que el Sheriff de Deadwood, Guthrie McCabe, es en realidad el forajido Sam Bass, del que seguro has oído hablar.
-Sí, por supuesto, pero la justicia le había perdido la vista tanto a él como a su banda.
  -Sí, y así hubiera seguido si no me hubieran mandado investigar a este Sheriff.
-¿Por qué? ¿Esclavismo? ¿Abuso de autoridad?
-Ni lo uno, ni lo otro. Como bien sabes, Deadwood es una ciudad próspera gracias al comercio del carbón de las Blackhills; pues bien, Sam se lleva un porcentaje de ganancias de todas las empresas que extraen oro, además de las ganancias de los ferrocarriles que transportan el carbón a toda América.
-Con razón pudo comprarse un corazón mecánico.
-Exacto.
-Entonces tú propones…
-Matarlo y arrebatárselo. Si no conociera tu caso, pues sería detenido, habría un juicio y con toda seguridad sería ahorcado, pero Pearl no tiene tanto tiempo y él tampoco se lo merece, así que si tú me ayudas a matar a Sam Bass y a su banda, te podrás quedar el corazón para Pearl y yo afianzaré mi posición como Marshall.
Se produjo un breve silencio, sólo interrumpido por el ruido de la planta inferior, que cada vez era menor.
-De acuerdo –y Calamity le estrechó su mano metálica a Wild, que se la dio no sin cierto temor.
  Después de aquel pacto en la oscuridad, Jane entreabrió la puerta donde reposaba la bella prostituta, que en esos momentos yacía dormida, iluminada por una luna que ya iba dejando el trono celestial a su eterno amante; aquella luz le daba un cierto toque angelical. Jane volvió a cerrar la puerta con cuidado.
-Vamos abajo a brindar por nuestro pacto –sugirió Jane.
Cuando bajaron, la taberna estaba ya casi vacía, y la orquesta de hojalata ya había claudicado, seguramente por falta de combustible. La madame y el Marshall se acercaron a la barra.
  -¿Se fue ya el médico? –quiso saber Calamity-. El señor… 
  -Garret –ratificó Wild.
  -Nada más bajar intercambió unas palabras con Jack McCall, otro de los hombres contra los que habéis jugado esta noche al póker y se fueron sin despedirse apenas.
  -¿Quién es ese tal McCall? –inquirió Wild.
  -Revisa el transporte de carbón de las Black Hills, es uno de los lacayos del Sheriff McCabe –Jane y Wild abrieron los ojos como platos, el médico era conocedor de los planes de asesinar al Sheriff.
-¿Dijeron a dónde iban, Buck? Son poseedores de una información muy importante –el nerviosismo de Wild era palpable, sus planes sus planes se estaban yendo al traste.
-Ni idea Wild, lo más probable es que se hayan ido hacia Deadwood en el ferrocarril.
-¿Cuándo sale?
-Pues… -el tabernero miró el reloj situado encima del pequeño teatro-. Si no hay ningún retraso, en apenas cinco minutos debería pasar el primero del día. Si os dais prisa, los pillaréis, iban a pie.
-Black Neal les dará alcance.
Wild y Calamity no perdieron ni un solo segundo y abandonaron el Saloon con premura. Se montaron en el caballo de Wild, el cual lo espoleó como nunca. En el horizonte, el sol comenzaba a rayar el alba, una luz taciturna tan sólo turbada por el humo de la locomotora, que se disponía a salir.
Cuando llegaron a la estación, el tren ya había iniciado su lenta marcha, tenían unos pocos segundos antes de que fuera inalcanzable para el caballo. Wild espoleó más a su montura, cuyas patas traseras empezaban a ponerse al rojo vivo, el tren no podía escapar. Gracias a las habilidades motrices del caballo, lograron alcanzar el último vagón. Wild hizo saltar a Black Neal y aterrizaron en el pequeño porche trasero.
-Tenemos que matar a ambos si no queremos perder el factor sorpresa –recordó Calamity mientras ambos desenfundaban sus armas.
Entraron con sigilo en el interior, que estaba desierto.
-Supongo que estarán en los primeros vagones, no creo que sepan que estamos aquí –comentó Wild.
No había terminado de hablar cuando una bala se estrelló a pocos centímetros de ellos.
-Creo que te equivocas –dijo con media sonrisa Calamity mientras se resguardaban tras unos asientos.
La madame sacó por encima de la cobertura su brazo metálico, y gracias a la parte más pulida pudo ver en el reflejo que quien les atacaba era el médico. Más balas comenzaron a estrellarse contra el respaldo.
-Esta madera de mierda no resistirá mucho más –advirtió Wild.
-Lo sé, lo sé –asintió la mujer mientras las astillas volaban por doquier-. Pero alguna vez tendrá que recargar.
Y así fue, cuando el tambor del arma del médico dijo basta,  Calamity arrancó de cuajo el asiento con el que se resguardaban y lo lanzó contra Tom Garret, que quedó sepultado. Jane fue hasta él y con su potente brazo lo alzó en el aire.
-¿Dónde está el otro? –rugió.
-¡Suéltame! No traicionaré a Sam ni a los suyos.
-¿Ah no?
  Calamity hizo arrodillarse al hombre y le puso su mano al cuello, que comenzó a calentarse; el brazo ya irradiaba calor cuando Tom comenzó a gritar, en la piel comenzaban a formarse ampollas.
-¡Habla! –gritó la mujer.
-¡En la locomotora, está en la locomotora! –Calamity lo soltó-. Nunca falla –rió mientras soplaba a su mano metálica.
-Tú te vienes con nosotros, nos puedes servir –ordenó Wild al médico, que no opuso resistencia-. Ve delante.
Dejaron aquel lugar atrás y, tras atravesar un par de compartimentos de pasajeros más, se toparon con los que transportaban madera que, en unas horas, volverían cargados de carbón. Usaron las esclaeras del vagón para subir y avanzaron con paso lento, cualquier paso en falso les haría caer del tren.
Estaban llegando al final del tren cuando Jack McCall hizo su aparición, iba armado con un Winchester de 1873.
-Jack –gritó Wild mientras ambos se escudaban con el médico- Te habla el Marshall Hickok, ríndete o te espera la horca.
-Ja, ja, ja –rió mientras pataleaba el suelo-. Te crees que eres el rey de Dakota del Sur y no es así, Sam Bass lo es, y se apoderará de todo el Oeste.
-¡No si yo puedo impedirlo! ¡Tira tu arma o acabaremos con Garret! –el médico comenzó a llorar.
-Un médico más, uno menos… -y Jack descargó su fusil, dando directamente en el torso de Tom Garret, que cayó fulminado.
-Estás loco –dijo asombrado Wild. 
  -Dime algo que no sepa –espetó Jack.
  Wild y Calamity se disponían a acribillar a su enemigo cuando éste sacó un pequeño artefacto de su bolsillo y lo accionó. Una fuerte explosión hizo caer hacia atrás a Calamity y a Wild. Cuando el humo se dispersó, se dieron cuenta de que habían sido separados del resto del tren, y que Jack se alejaba cada vez más.
  -¡Mierda! –exclamaron ambos.
  -¿Qué podemos hacer? Es imposible llegar antes que el tren. La ciudad estará levantada en armas para cuando lleguemos.
  -Todavía queda una opción –Wild silbó fuertemente, mientras lo que quedaba de su parte del tren se iba parando.
  Por un lateral del vagón hizo aparición su caballo, que galopaba alegremente. Esperaron a que el vagón se parara completamente y cambiaron de transporte, que comenzó a correr al instante.
  -Wild, vale que tu caballo sea excepcional, pero no es una locomotora…
  -No, claro que no, ¡Es mejor! –exclamó Wild mientras se reía.
  Ante el asombro de la mujer, Wild tiró de un par de palancas que había a los lados de la silla de montar, y a sus pies aparecieron sendos pares de pedales.
  -¡Pedalea con ganas muchacha! –aconsejó Wild.
  -¿Para..?
  -¡Pedalea!
  Calamity y Wild comenzaron a pedalear fuertemente, y de la silla de montar se fueron desplegando unas largas alas mecánicas, que comenzaron a batirse fuertemente. Ante el asombro y, por qué no, el miedo de Calamity, comenzaron a alejarse del suelo poco a poco. Cuando estuvieron a una altura considerable, las patas traseras del caballo se estiraron hacia atrás y de las pezuñas comenzaron a salir bocanadas de vapor, que impulsaron notablemente al caballo.
  -Pero… ¿y esto? –preguntó Calamity con los ojos como platos.
  -Es una larga historia, si acabamos el día, te lo cuento.
  Tras unos minutos de aleteo y pedaleo constante, lograron divisar el tren y, un poco más lejos, el pueblo de Deadwood que, a pesar de la temprana hora, ya tenía una notable actividad en el entorno de las minas. Su trayecto acababa un poco antes, a la entrada del pueblo. 
  -¿Cuál es tú plan Wild?
  -Pues… ninguno, los últimos acontecimientos no entraban en mis planes.
  -Entiendo… estamos muertos, ¿no?
  -A no ser que quede algún amigo fiel a la ley en el pueblo, me temo que sí, jaja.
  Cuando quedaban pocos kilómetros para llegar al pueblo, fueron perdiendo distancia, y el majestuoso caballo, si es que se le podía seguir llamando así, aterrizó grácilmente y continuó el galope hasta las inmediaciones del pueblo, a partir de ahí, siguieron a pie. El tren les había ganado al menos un cuarto de hora, por lo que la cautela era prioritaria.
  -Creo que tu brazo metálico no hará que pasemos muy desapercibidos en el pueblo –tanteó Wild.
  -Ya, y seguro que tu caballo de hojalata es muy común por aquí –espetó con media sonrisa.
  -Touché, madame.
  Las calles estaban prácticamente desérticas, y fueron directamente a la taberna, dejando previamente atado a Black Neal en el abrevadero. En la taberna no había casi nadie, pero Wild no necesitaba a mucha gente, con que no hubiera compinches de Sam Bass allí era suficiente.
  -¡Buenos días caballeros! –el tabernero dejó de hurgarse los dientes con un palillo de madera y le prestó atención, la mayoría hizo lo mismo-. Soy el Marshall de Dakota del Sur Wild Hickok. Hoy vengo a Deadwood en nombre de la ley para detener y, en caso necesario, matar, al maleante conocido como Sam Bass y a todos sus compinches, que se camufla bajo la identidad de vuestro Sheriff Guthrie McCabe –el discurso de Wild acabó por llamar la atención de todo el mundo-. Es por esto que os pido a vosotros…
  -Sigues sin saber actuar en condiciones, bigotes –una voz cortó el discurso de Wild, pero no se sabía de dónde provenía-.  Reconocería tu voz en medio de un burdel en el mismísimo cuatro de Julio.
  Por la escalera que daba a las habitaciones de hospedaje hizo su aparición un hombre de buen porte, con traje y sombrero negro, tenía ya el pelo blanco, al igual que su abundante bigote, pero no dejaba de parecer jovial.
  -¿Buffalo, eres tú? –preguntó Wild quitándose el sombrero.
  -Así es, bigotes –respondió mientras acababa de bajar las escaleras.
Era Buffalo Bill, el famoso cazador de búfalos.
-Wild, ¿Hay alguien de este país que no te conozca? –preguntó Calamity mientras los dos hombres de daban un abrazo de camaradas.
  -Seguramente, Calamity, pero Buffalo y yo fuimos compañeros de exploración durante la Guerra Civil, es como un hermano para mí –Wild se giró hacia Buffalo-. ¿Qué te trae por las Black Hills?
  -El Sheriff, es decir, Sam Bass, contrató mi espectáculo para esta tarde pero, por lo que veo, creo que me voy a quedar sin cobrar.
  -Eso parece…
  -Sabes de sobra que prefiero usar el rifle a llenarme el bolsillo de dólares, jaja.
  -Eso es lo que venía a buscar aquí precisamente, ¡rifles! –Wild se dirigió al resto de la taberna-. La ley de este pueblo está corrupta, por eso os pido a vosotros, habitantes humildes de Deadwood, que me ayudéis a derrocar al forajido Samuel Bass y de esta forma eliminar la opresión que ejerce sobre el gran pueblo de Deadwood.
  Se produjo un silencio sepulcral en la sala, nadie decía nada, no había ni vítores ni aplausos.
  -¡Está bien! ¡El estado de Dakota del Sur dará mil dólares por cada hombre de Sam Bass y cinco mil por este, ya sean vivos o muertos!
  Tras esa frase, los pocos parroquianos de aquel lugar se levantaron con estrépito y laurearon a Wild.
  -¿Cuándo atacaremos? –preguntó uno de los hombres.
  -Pues... ya, en lo que tardéis en prepararos y avisar a todo aquel que nos pueda ayudar. Sam ya está sobre aviso, y todo tiempo que perdamos repercutirá en su favor. No podemos dejar que se haga fuerte en las minas ni que escape.
-Iré a despertar a mis hombres –anunció Buffalo-. Seguro que no se quieren perder esto por nada del mundo –y dicho esto, se fue corriendo a la parte superior de la taberna.
El pueblo de Deadwood comenzó a agitarse. Durante meses, el Sheriff había mermado los ingresos de todos los comercios del pueblo, repartiendo las ganancias a quién convenía y contratando a gente venida de otros lugares. El pueblo había estado dormitando su odio, pero hoy podrían dar escape a todos esos sentimientos reprimidos.
En menos de diez minutos, Wild contó con un grupo de casi cincuenta hombres y mujeres armados con todo tipo de artefactos, desde guadañas hasta rifles de largo alcance, pasando por revólveres y rifles. A Hickok le sorprendió sobre todo una ballesta que incluía un tambor similar al de los revólveres y que podía lanzar varias flechas sin recargar, además de un rifle de larga distancia que se podía replegar sobre sí mismo, como un catalejo. Aquellas peculiares armas pertenecían al armero de la ciudad, como era evidente.
Las puertas y ventanas se cerraban a su paso, pese a la revuelta, el pueblo tenía miedo de las posibles represalias si el pequeño regimiento salía mal parado.
Al girar en una de las calles que daban acceso al interior de las minas, una andanada de disparos les hizo retroceder. Los hombres fieles a Sam Bass habían montado una barricada en la entrada al complejo minero, estaban bien pertrechados.
-Mierda, ¿y ahora qué hacemos? –preguntó Jane a Wild, que no decía nada- ¡¿Wild?!
-¡Estoy pensado! –dijo mientras las balas se chocaban contra la casa que les servía de defensa. 
-Esta es la casa del zapatero –intervino un hombre del pueblo-. Creo que su azotea nos puede servir para hacer una buena cobertura.
Hickok agradeció la intervención del hombre y se dirigió al resto
-Necesito a cinco buenos tiradores, subiréis a la azotea y cuando empecemos a disparar aquí abajo haced lo propio –cinco hombres se colocaron enseguida en la puerta de entrada, incluido el armero con sus peculiares armas-. Es muy importante que no os vean hasta entonces, ¿entendido? –tras asentir, la pequeña comitiva entró en la casa pese a las quejas del zapatero.
-Y nosotros ¿qué? –preguntó Buffalo Bill.
-De momento no se me ocurre nada que no conlleve perder hombres.
-Esa parte déjamela a mí, bigotes –y sin más explicaciones, se fue corriendo con sus hombres.
La gente del pueblo vio como Buffalo y los suyos se iban, y el desánimo comenzó a correr por todos ellos, dando la batalla por perdida antes de haber comenzado, algunos comenzaron a darse media vuelta. Hickok comenzó a gritarles, a seguir con su particular arenga, pero nada servía, la presa se había roto y el agua comenzaba a escaparse por todos los lados, pero, cuál fue su sorpresa, cuando una nube de polvo empezó a acercarse a ellos, el suelo comenzó a retumbar. En pocos segundos, una gran manada de búfalos entró en su calle, arrasando todo a su paso.
-¡Refugiaos en los portales de las casas! –gritó el Marshall.
Detrás de aquella manada de casi cien cabezas, Buffalo y sus hombres venían montados a caballo, gritando y azuzando a las bestias. Con ellos venía también el caballo de Wild.
-¡Esos malnacidos van a parecer cucarachas! –gritó entre risas Buffalo, y él y sus hombres siguieron detrás de las bestias, dispuestos a destruir la barricada.
Wild dio la orden de disparar y las balas empezaron a llover sobre los defensores de las Black Hills. Los defensores, atónitos, se intentaron retirar, pero para cuando sus pies pudieron reaccionar, los búfalos ya habían arrasado la barricada y continuaban su avance, impertérritos, arrollando y destrozando todo lo que encontraban a su paso, estuviera vivo o no. Tras destruir todas las defensas, la manada, totalmente descontrolada, se fue dispersando en todas las direcciones, ahora era el turno de Wild y sus hombres que, con el ánimo renovado, cargaron contra los supervivientes, que estaban replegados en la boca de la mina, intentando usar el espacio en su favor, cubriéndose con los pocos barriles que no habían destrozado los búfalos.
  Aquella endeble defensa no duró mucho, y los que no se rindieron a la ley sucumbieron bajo las balas, pero Sam Bass no aparecía por ningún lado. Entre los supervivientes había un antiguo conocido.
  -¿Dónde está Sam? –preguntó Wild mientras levantaba a Jack McCall del suelo de un tirón-. ¡¿Dónde?!
-No pienso decírselo, Marshall –y le escupió a la cara. Wild se limpió con la otra mano, pero logró contenerse.
  -La diferencia entre la horca y un largo tiempo a la sombra depende de ti.
  -¿Qué no has entendido?
  -Sam no verá hoy el atardecer, así que no tienes nada que perder.
  Tras un breve silencio, Jack le señaló el túnel.
  -Siguiendo este túnel, debes coger el que se bifurca a la derecha. Fue a recoger toda su fortuna antes de escapar por uno de los túneles de huída.
  Wild se apartó de Jack, no sin antes darle con la culata de su revólver en la cara, que le hizo caer de nuevo al suelo, tras ello, ordenó esposar a todos los que quedaban y echó a correr por el túnel.
  Hickok se adentró en las entrañas de la montaña. La luz llegaba a través de espejos, que rebotaban la luz del sol, por el suelo iban y venían pequeños carros, que transportaban el carbón. Pese a toda aquella tecnología, aquello estaba inevitablemente sucio, y el ambiente, cargado.
  Tomó descanso un momento y, entre jadeo y jadeo, el espacio diáfano hizo llegar hasta sus oídos el inevitable sonido de unos lingotes de oro. Haciendo un notable esfuerzo, continuó corriendo. Tras otro par de minutos corriendo hasta la extenuación, llegó a una pequeña sala llena de baúles y de archivos, por el otro lado ya se iba Sam Bass, cargado con un pesado saco.
  Wild disparó uno de sus Colt, pero el cansancio y el sudor que corría por su cara hizo que errara el tiro, aún así la bala logró rozar el saco y lo rompió ligeramente, haciendo que los lingotes fueran marcando el camino a Wild por el entramado de túneles.
  Debido a la pesada carga de Sam, Wild le dio alcance en uno de los tramos que discurrían al aire libre, estrecho, y a cientos de metros del suelo. Wild encañonó al forajido con sus armas.
  -¡Detente Sam! –el maleante soltó lo que quedaba de su carga a los pies y se dio la vuelta, con media sonrisa, al parecer no iba ni armado.
  -¡Por fin me pillaste! ¡El gran Wild Hickok me ha detenido!
  -Ven hacia mí, sin hacer tonterías.
  -Sabes de sobra que tengo muchos amigos que están incluso por encima de ti, aunque me detengas, no estaré mucho a la sombra, y tengo mucho dinero guardado fuera de aquí.
-No me interesa encerrarte, Sam, ya has hecho mucho daño a este país.
-Lo sé, lo sé, ya me informaron que querías mi corazón para dárselo a una puta.
-Así es, así que podemos hacerlo rápido y sin dolor, o despacio, tú eliges.
  Sam comenzó a caminar marcha atrás, con las manos en alto, Hickok dio un disparo al aire como advertencia. Sam siguió avanzando hacia el abismo, y Hickok volvió a disparar, esta vez dándole en un hombro.
-Yo moriré, pero no dejaré que una puta lleve el corazón que tanto me costó conseguir.
  Y, tras estas palabras, Sam se lanzó al vacío, recibió más disparos, pero Wild no pudo evitar que se tirara. Todo estaba perdido, la caída haría que el mecanismo quedara destrozado. Wild corrió hacia el precipicio y vio como Sam caía a plomo hacia el suelo. Pero, de pronto, apareció Black Neal volando, las riendas las llevaba Calamity Jane y detrás iba Buffalo Bill. Consiguieron coger a Sam Bass a escasos metros del suelo. 
El corazón estaba a salvo.

  La vuelta a casa fue eufórica, y un cirujano vendría en pocos días a colocar el nuevo corazón a Pearl, que entre lloros agradeció a Wild, Calamity y compañía el éxito de la misión. El pueblo de Deadwood había sido liberado de la opresión de Sam Bass y las recompensas por él mismo y su cuadrilla harían reflotar la economía de los habitantes. Wild, por su parte, no quería saber nada de dinero, ahora trabajaba para la ley, e impartir justicia ya era le era suficiente. Sólo había una palabra que sirviera para resumir todo esto: Whisky.

  Los litros de alcohol corrían por el Saloon Nuttal & Mann's aquella noche, el ambiente no estaba tan cargado y alegre desde hacía años, había gente disfrutando de la fiesta hasta fuera de la taberna de Keystone, mucha gente de Deadwood pasaría la noche allí. 
  Quizás precisamente por todo ese jaleo nadie se había percatado de la presencia de Jack McCall, que había aprovechado la noche de celebración y el mal estado de la prisión para escaparse astutamente. Ataviado con una larga capa y un gran sombrero, fue haciéndose hueco entre la gente, su objetivo era claro: matar al Marshall.
  Wild se encontraba, como no podía ser de otra forma, jugando al Póker con Buffalo Bill y demás acompañantes. Calamity estaba administrando su negocio, aquella noche le iba a ser muy próspera; la guapa de Pearl, a pesar de ser asaltada a cada minuto que trascurría la noche por los más atractivos (y ricos) del lugar, rechazaba todas las propuestas, aquella noche y las siguientes, descansaba.
  -¡Vamos Wild! –apremió Buffalo- Enseña tu mano, para subir trescientos dólares tienes que llevar algo gordo.
  Wild enseñó su mano. El Marshall tenía dobles parejas de ochos ases y un cuatro de picas, en ese momento, un cañón de revólver se apretó contra su nuca.
  -La mano de la muerte, Marshall –espetó Jack, sus ojos estaban iluminados por la luz de venganza, la luz negra de la muerte.
  Calamity Jane corrió hacia Wild, pero no pudo evitar que Jack accionara el gatillo, la pólvora dinamitara y la bala atravesara el cráneo del Marshall, acabando con su vida instantáneamente. 
  De pura rabia, Jane agarró a Jack y lo lanzó al suelo, dónde comenzó a pegarle con su puño de hierro hasta que el cuerpo del lacayo de Gurthie quedó reducido a una masa sanguinolenta, pero aquello no traería de vuelta a Wild, cuya cara yacía al lado de las cartas, la última mano de su vida.
  El Saloon se quedó en silencio, nadie podía creer lo sucedido. James Butler Hickok, más conocido como Wild Bill Hickok, Marshall de Dakota del Sur, siempre jugaba contra la pared para evitar ataques por sorpresa, pero aquella noche, debido al gentío, aquello no había podido ser. 
Parejas de ases ocho y cuatro de picas, la mano de la muerte.